Traduttore, traditore

¡maldito traductor!

Como sabéis, además de escribir mis propios libros, traduzco libros ajenos. Suelo trabajar con la combinación inglés-español, aunque mi lengua «C» sería el griego, que es en la que tengo el C1. Pero hoy no vengo a hablaros de mi pasaporte lingüístico, sino del típico conflicto entre la obra traducida y la obra original.

«Traduttore, traditore» esa manida expresión que nos dice que equipara al traductor con un traidor, con una connotación negativa horrorosa. Es despreciar la labor de la traducción demasiado a la ligera. Y a todos nos queda muy claro que una traducción es quizá aún más «criticable» que una obra original. ¿Alguna vez habéis visto subtítulos de una película y habéis dicho «Es que no dice eso»? ¿Alguna vez os ha chirriado algo en un libro traducido o, por ejemplo, en un videojuego? Lo más probable es que sí.

Recuerdo que hace un tiempo, una amiga y yo fuimos a una presentación de un libro de un autor de la editorial. Al hablar de traducciones, mi amiga dijo que «era muy fácil criticar una traducción una vez que está hecha». Y probablemente de ahí se nutran quienes investigan en el campo de la traducción: análisis contrastivos, corpus, estudios varios… En definitiva, esa crítica o ese «despiece» es una parte necesaria del estudio.

Cuando hablo de mis libros, suelo decir que «el autor debe tener responsabilidad sobre lo que escribe» (novedosa afirmación), aun a pesar de que una vez que el libro llegue a manos de otro, tú estés muerto (¡hola, Barthes!) y el lector haga su propia interpretación sin que tú importes. En una obra original, creo que tendemos a ser más directos: o nos gusta o no nos gusta. Y no creo que le demos más vueltas: no nos gusta el estilo del autor y ya.

En cambio, esa responsabilidad es aún mayor porque lo más probable es que el público lector no se haya leído la obra original. Lo veo como una capa adicional a ese «me gusta o no me gusta» al que aludía en el párrafo anterior. Cuando un lector se acerca a una obra traducida pueden ocurrir dos cosas. Por un lado, que quien haya traducido haya hecho un buen trabajo y su presencia no se note apenas. Por otro, que al lector le chirríen cosas. Será en ese momento cuando, en lugar de pensar en el autor original, pensará en el traductor y sacará su dedito de Condesa de American Horror Story para maldecir a quien haya hecho el trabajo de traducción. «Yo lo habría hecho mil veces mejor».

«[…] mi humilde teoría es que, cada vez que alguien repite la expresión [Traduttore, traditore! ] que nos ocupa, a fuerza de usarla para generalizar, se marca más profundamente en el subconsciente colectivo la idea de que los traductores no sabemos hacer nuestro trabajo, que ser traidores es una cualidad inherente a nuestra profesión, y que siempre —siempre— “traicionamos” tanto al emisor del texto de origen como al receptor del de llegada. Además, se nos tacha, no ya de inútiles o incompetentes —lo cual sería malo, pero relativamente pasable—, sino directamente de pérfidos y desleales que engañan a sabiendas al «cliente», es decir, que cometen traición (según el DLE: “Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener”) y que lo hacen con alevosía; no es casual que la segunda acepción de esta última sea “traición, perfidia”. Visto así parece menos divertido y ocurrente, ¿verdad?»

Isabel Hoyos Seijo. La linterna del traductor

En mi trabajo de traducción, me estoy centrando principalmente en la no ficción y en la literatura infantil. A la hora de acercarme a una traducción, debo recordar que en ese trabajo no importo yo, sino el mensaje que se quiere comunicar y cómo se quiere contar. A nadie le importa que a mí no me guste cómo este autor dice tal cosa: si se dicen las cosas de una forma, con un estilo concreto o con equis número de repeticiones, se respeta. Porque traducir no es un deporte de ego, sino un ejercicio de canalización y toma constante de decisiones. Por decirlo de otra manera, en mis libros trato de afinar mi voz; en los de otros, trato de convertirme en la suya.

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