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Bebé malo

La primera historia que escuchó Selma Blair Beitner sobre sí misma es que de bebé era mala como ninguna. Con la boca arrugada en un gruñido perpetuo y una cabeza con tanto pelo que tenían que frotársela para dejarle sitio a su frente, Selma pasó años viviendo a la altura de su terrible reputación: mordía a sus hermanas, mentía espontáneamente, se emborrachó con el vino de la Pascua Judía a los siete años y mantuvo una conducta teatral para ser el centro de atención. Aunque Selma pasó a ser una actriz y modelo celebrada en Hollywood, la verdad es que no logró librarse por completo de los periodos de oscuridad que se apoderaban de ella, ni de la certeza de que en el corazón de su vida se hallaba un gran misterio. A menudo sentía que le ardían los brazos, una sensación no muy distinta a las descargas eléctricas, y en secreto, bebía para escapar.

A lo largo de estas memorias preciosas —y en ocasiones demoledoras—, Selma nos descubre su adicción al alcohol, la devoción que siente hacia su madre brillante y complicada y los momentos en los que flirteó con la muerte. En sus páginas encontraremos violencia cruel, amor apasionado, amistad verdadera, el regalo de la maternidad y, finalmente, la sorprendente salvación de un diagnóstico de esclerosis múltiple. Con una voz portentosa en cuanto a originalidad, vehemente en inteligencia y llena de una sabiduría ganada a pulso, Bebé malo de Selma Blair son unas memorias profundamente humanas y un verdadero logro literario.